
Librado Orozco
Escritor peruano
Hay libros que no pueden ser identificados con un solo género. Las horas tristes, de Matías Segreti, pertenece a esa estirpe de textos que habitan en la frontera entre el cuento, la crónica urbana y el ensayo, y encuentran en esa tensión genérica su mayor virtud. Son nueve piezas en prosa que comparten un mismo sujeto narrativo —un hombre que camina, mira, recuerda y escribe— y que, leídas en conjunto, construyen una subjetividad tan estimulante que invita a la reflexión.
El primer referente que convoca esta escritura es la tradición del flâneur rioplatense, esa figura del observador urbano o paseante contemplativo que en Argentina ha tenido eximios representantes. Segreti encarna plenamente esa tradición. Su voz muy íntima y dubitativa nos trasnporta a una suerte de geografía del alma: un espacio donde el presente y la memoria se superponen sin que el lector tome en cuenta los saltos temporales.
Donde el libro adquiere una dimensión muy singular es en sus momentos fantásticos. En ese sentido, vale la pena mencionar «Un cuento que han llamado fueguito», con su imagen de las manos cercenadas que iluminan el monte por las noches, y el relato sobre Rosa La Tigra, esa mujer inmortal que cabalga entre la guerra del Paraguay y la frontera pampeana.
La digresión, en estos cuentos, no es un defecto sino el método. Segreti construye sus relatos como espirales que se alejan del núcleo narrativo para volver a él cargados de sentido nuevo.
Lo que distingue a este autor es su tono muy original. Una melancolía sin autocompasión, una tristeza que se mira con ironía y distancia suficientes como para no volverse queja. Las horas tristes del título no son una condena sino una hora del día, un estado del cielo, una temperatura del alma que este libro cartografía con delicadeza y rigor.
Dentro de esta breve reseña debe resaltarse los diversos momentos en que la prosa del autor camina a caballo entre la ficción y la reflexión sobre diversos aspectos de la condición humana. Para muestra sólo unos párrafos.
En “Un cuento de ahora, de las horas tristes” el narrador nos transporta al dilema cognitivo de quienes frisan una edad muy adulta:
“Sé que las personas mayores comienzan a percibir las cosas con menos brillo, los colores se apagan, las sombras se alargan, el amor late pausado. Lo sé, no puedo explicar por qué lo sé, como nadie puede explicarme por qué estoy viendo a ese hombre que tiene los ojos derretidos, brillantes por fuera y secos por dentro”.
Cuando nos internamos en “Un cuento con Miguel” nos paraliza una aparentemente sencilla reflexión sobre la génesis poética:
“..la poesía… es mirar el detalle con pasión.”
Por momentos, al hurgar en el costumbrismo argentino en particular, y latinoamericano en general, afloran meditaciones que trascienden lo cotidiano:
“..A veces las cosas suceden con fuerza, como la tierra colándose al mar, como el agua barriendo la escarcha. Así entró la lengua española, con la punta de la lanza sobre la carne y así se fundió con el mar y las cadenas. Hay allí una verdad. Así también se baila en Santiago, levantando el polvo, golpeando el taco, marcando la huella. Guarache nació de esa violencia. Guarache significa bailador en la lengua mestiza de las Antillas, guarache también como Miguel, guarache como la Telesita, santa patrona de las bailadoras, de los bailadores, de quien quiera. Algún día será también la mía.” (“Un cuento con Miguel”)
Y, también, como si tratara de una teoría del conocimiento a partir de la observación de la vida cotidiana el texto nos invita a darle un cariz diferente a eso que está tan en boga en el lenguaje informático, el “reconocimiento facial”:
“Uno ve la cara de los amigos muchas más veces que la propia, uno ve en la cara de los amigos más cosas que lo que nuestra propia cara puede decirnos.” (“Un cuento que comienza con un dibujo”)
En suma, el trabajo ficcional o de ensayo de Matias Segreti–– difícil es precisarlo –– se inscribe en la gran tradición literaria de su país. Agradezco sobremanera al autor por transportarnos a tantos escenarios donde percibimos una miriada de imágenes desde la ebullente cotidianidad hasta los meandros de la esencia humana.